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Solum 31

(en català en La vida canina)

finestra
A IMG, Solum 31, SQN

La primera vez ocurrió fuera de casa.

Los del taller habían llamado poco antes del mediodía para avisar de que las piezas estaban reparadas. Después de comer el jefe decidió que alguien tendría que ir a recogerlas. Habíamos tenido demasiados problemas con los transportistas y los plazos apremiaban. No quería arriesgarse a que el paquete estuviese otra vez dando vueltas durante una semana y acabásemos perdiendo el contrato. Estoy hablando de un viernes por la tarde y de ningún voluntario dispuesto a aplazar el inicio de su burgués y familiar fin de semana, mientras que yo, como titular de un exiguo contrato de prácticas, me encontraba en el nivel más bajo del escalafón y en una posición nada ventajosa para poner reparos a una orden.

Fui en tren. Saliendo de la estación examiné mejor los horarios y descubrí que mis problemas no habían hecho más que empezar. Llevábamos dos horas de retraso y sólo entonces caí en la cuenta de que por la misma razón, por la dichosa huelga de maquinistas, no podría volver a casa esa noche. O sea que, con el maldito cacharro bajo el brazo, tuve que buscar pensión cerca del taller. Desde luego el cuchitril podría haber sido peor: más caro, por ejemplo. O puede que exagere. La habitación, en un cuarto piso sin ascensor, era pequeña, sin baño y ningún mueble aparte de la cama, pero las sábanas estaban limpias -el suelo era otra historia-, y yo sólo quería dormir. Además la ventana daba a la calle. Subía un agradable murmullo de gente yendo de aca para allá y chismorreando en distintos idiomas. Baje a cenar un bocadillo y un par de cervezas en el bar de la esquina y volví pronto a la pensión. Estaba anocheciendo y los oscuros callejones ya no me parecían acogedores. Y aún menos la habitación. Pero no era la noche, ni los callejones, ni la habitación. Lo que fallaba era más bien yo. Sin que cambiase nada esencial respecto a cualquier otra noche en mi piso, no podía dejar de notar que la soledad, la servidumbre y la mediocridad se estaban instalando en mi vida y le comían cada vez más espacio a las esperanzas y pretensiones de antaño.

Era verano, un verano más bien sofocante y angustioso. Dejé la ventana abierta y me metí en la cama en ropa interior. No podía conciliar el sueño. Pasé varias horas con los ojos puestos en el edificio de enfrente y, más arriba, en un cielo gris, sucio, sin estrellas. Como suele suceder en estos casos, supongo que dormí a ratos, con un sueño ligero indistinguible de la vigilia. Tuve que dormir, porque no la vi entrar. De repente estaba a mi lado, como si llevase allí todo el tiempo del mundo. Supe enseguida sin ningún asomo de duda que era Cordelia Floss, aunque no la había vuelto a ver desde la escuela elemental y ni siquiera entonces había sido nadie realmente especial para mí, solamente una más de tantas personitas con nombre y apellido que se agolpaban en el aula y el patio y luego se perdían de vista con sus madres por las calles de Zurich. Había cambiado, claro, como todo el mundo. No dijo nada, y yo tampoco. No hacía falta: me confortaba con su presencia y el contacto de su cuerpo desnudo. Me decía sin hablar: no temas, duerme sin miedo, tendrás a alguien como tu a tu lado toda la noche. Por la mañana, los golpes en la puerta me sobresaltaron. No sabía dónde estaba, ni mucho menos recordaba haber pedido que me despertasen a las seis para tomar el primer tren. Pero sí me acordaba de Cordelia, que ya no estaba conmigo. Grité gracias, buenos días, y me levanté con mucho cuidado de no pisar nada inconveniente con mis pies descalzos.


Pensé en ella todo el día, y muchos otros días. Por si acaso, me acostumbré a dejar entreabierta la ventana por las noches. Al fin volvió. Me ha visitado puntualmente desde entonces, siempre que la amenaza de la soledad y el resto de amenazas vuelven a acecharme y dormir se hace tan difícil como simplemente vivir: cuando me echaron del trabajo y no pude pagar el alquiler durante dos meses; al dejarme K.; cuando M. aún no me había dejado. Sucede siempre del mismo modo. Se presenta inadvertidamente, está desnuda, nos abrazamos y gracias a ella, al aliento de sus caricias y susurros, puedo dormir lo que queda de noche.

Hace un par de semanas, aguantándome otra vez las ganas de llorar, deseé con todas mis fuerzas que acudiese pronto en mi ayuda. No me falló. Pero esta vez fue la primera que la vi marchar. Abrí los ojos y la encontré en la ventana, deslizándose hacia afuera. Murmuré su nombre:

-Cordelia...

Giró apenas el rostro para mirarme.

-¿Qué quieres? -preguntó. De pronto comprendí que en realidad nunca habíamos hablado. Ni siquiera reconocía su voz.

-¿Te... marchas siempre por la ventana? -farfullé tontamente. No era eso lo que quería saber.

-Sí -me respondió, y volvió a sacar medio cuerpo afuera.

-No sé nada de ti...

-No sabes nada de nadie -me regañó, de nuevo casi sin girarse- ¿Sabías que tu vecina de abajo, una buena persona a quién no has llegado a conocer más que lo suficiente para saludarla en el rellano y que podría haber sido una gran amiga, agoniza en el hospital? ¿Sabes que ahora mismo en tres pisos de este bloque hay gente haciendo el amor? ¿Que a alguna de esas personas no le hubiese importado hacerlo contigo, en otro momento? ¿Que a otra le caes francamente mal? ¿Sabes que también los pájaros y los peces e insectos del parque pueden ser felices o desdichados? Me casé nada más salir del instituto, tuve una hija y me divorcié. Vivo en Lucerna, calle Solum número 31.

-¿Volverás? -pregunté al fin.

-Claro que sí -dijo, esta vez dejándome ver con claridad su dulce sonrisa, y luego desapareció en la semioscuridad próxima al amanecer.

¿Cuándo?, pensé. Me arrepentí enseguida de lo que le había dicho. No quisiera presionarla... Di vueltas y vueltas en la cama, repitiendo mentalmente: Lucerna, Solum 31. Ya no iba a dormir, así que me levanté y me asomé a la ventana. Las estrellas aún eran visibles, trémulas y brillantes. Volvía a ser verano, como la primera vez. El chirrido monótono de una cigarra me hablaba del calor y de otros motivos para el desasosiego, más íntimos, más acuciantes.


Me ofrecieron el puesto ayer. Una de tantas copias de mi currículum cayó al fin en el lugar adecuado y se produjo el milagro. Me he presentado esta mañana. Parece ser que tendré que viajar bastante. Menos mal que mientras tanto me saqué el carnet y conseguí un coche de segunda mano.

Hoy he estado en Lugano y Lucerna. Imposible eludir la cuestión. He conducido un rato alrededor de su barrio, en una zona obrera. El número 31 correspondía a uno de tantos bloques de pisos, tristes y sucios. He aparcado y me he acercado. Había un timbre etiquetado "C. Floss". Me he sentado en un banco. Necesitaba aclarar mis ideas, pero ni siquiera sabía por dónde empezar. Ha pasado el tiempo sin que tomase una decisión. Media hora, una hora. La puerta se ha abierto varias veces y han salido niños cargados con libros, amas de casa, jubilados. La última ha sido Cordelia. La de siempre, pero distinta: por la ropa, por la luz del día. No me ha visto. Se marchaba ya en otra dirección, me he levantado y entonces ella se ha detenido, como si acabara de acordarse de algo. Antes de que yo pudiese reaccionar se ha dado la vuelta, ha dado unos pasos rápidos sin mirar y casi hemos tropezado. Me ha reconocido y se ha sonrojado. Es obvio que ella también ha soñado despierta y fantaseado conmigo últimamente. No es que me guste llevar la iniciativa, pero no podía dejar que un exceso de timidez entorpeciese el comienzo de una nueva fase en nuestra relación. He improvisado una excusa. Mi trabajo me va a traer por aquí de vez en cuando, le he dicho, así que no debería sorprenderse si volvemos a tropezarnos el día menos pensado.

30 de juny de 2003