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Robert W. Chambers y el Rey de Amarillo

Artículo publicado originalmente en Lovecraft Magazine núm. 4

Lovecraft tuvo en alta estima algunos de los libros de Robert W. Chambers (1865-1933), muy particularmente El Rey de Amarillo. Dejó constancia de ello en la correspondencia con su círculo de colaboradores, así como en su célebre ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927), donde Chambers comparte el capítulo 8 sobre «La tradición sobrenatural en América» con Hawthorne, Bierce o Clark Ashton Smith, entre otros. Los dos párrafos que le dedica cobran especial importancia si tenemos en cuenta que los añadió deprisa y corriendo sobre las pruebas de imprenta para que se incluyesen en la versión final, pues acababa de leer a Chambers por primera vez en abril de 1926.

A la luz de aquella improvisada reseña parece lógico pensar que a Lovecraft le impresionaron ciertas coincidencias. Veamos cómo describe El Rey de Amarillo: «... una serie de cuentos vagamente conectados que tienen como trasfondo un libro monstruoso y prohibido cuya lectura trae miedo, locura y tragedia espectral.» Cualquiera diría que está hablando de su propio Necronomicon, ideado independientemente algunos años antes. De hecho Lovecraft extendió más adelante su reconocimiento en el guiño con el que concluye la «Historia del Necronomicon»: «Se dice que de rumores sobre este libro [...] derivó R. W. Chambers la idea de su temprana novela El Rey de Amarillo.» En cualquier caso la sintonía entre los dos autores va mucho más lejos, hasta hacer de Chambers, a juicio de algunos críticos, casi un Lovecraft antes de Lovecraft. En efecto, además del leit-motiv del libro prohibido, son también característicos de Chambers:

1. La invención de una mitología personal, hecha de nombres misteriosos y alusiones elípticas que lo dejan casi todo a la imaginación del lector.

2. El giro cósmico: las referencias a estrellas lejanas, otros mundos y otras dimensiones.

3. El papel fundamental de la angustia y la locura.

Vida y obra

Robert William Chambers nació en Brooklyn el 26 de mayo de 1865. Era hijo de un abogado, nieto de un médico y descendiente directo del fundador de Rhode Island. Su hermano Walter fue un famoso arquitecto. Robert estudió en el Instituto Politécnico de Brooklyn, pero le interesaban más los deportes, el dibujo y la entomología. En 1886 se trasladó a París para estudiar bellas artes. Sus trabajos fueron expuestos en el Salón de 1889. En 1893 volvió a Nueva York y vendió sus ilustraciones a las principales revistas de actualidad: Life, Truth y Vogue. Se convirtió así en uno de los dibujantes más conocidos del momento.

En 1894 publicó su primer libro, In the Quarter, un muestrario de escenas de la vida bohemia a la manera de Murger o Du Maurier basadas en las notas que tomó en París. Se supone que nadie esperaba que se dedicase a escribir, ni siquiera él mismo, aunque según sus amigos tenía una facilidad natural para contar historias. Sea como fuere, en 1895 publicó su segundo libro, The King in Yellow (El Rey de Amarillo), en el que combinaba nuevos retratos parisienses con originales historias de fantasía y terror que tuvieron un enorme éxito. Ahí empezó su carrera literaria y su continua y pasmosa variación de temas y estilos. En The Maker of Moons (1896) y The Mystery of Choice (1897) siguió aún la estela de El Rey de Amarillo, pero en The Search of the Unknown (1904) se decantó más bien por la ficción científica. Después escribió un sinfín de novelas históricas, relatos de detectives y romances rosa ambientados en la alta sociedad de Nueva York. Todos sus libros se vendieron bien y un par de ellos incluso alcanzaron la condición oficial de best-seller. No necesitaba ese dinero para vivir y lo invirtió en sus muchas y onerosas aficiones: coleccionar mariposas, muebles, porcelana japonesa, alfombras y arte chino, y plantar árboles en la hacienda de 800 acres de su familia. Dicen que llegó a plantar, con sus propias manos, ¡más de 20.000! Todo eso parecía importarle mucho más que la reputación literaria. Que la crítica lo despreciase e ignorase ni mucho menos le quitaba el sueño. Como dijo en cierta ocasión: «¡Literatura! ¡Esa palabra me pone enfermo!» Lovecraft debió considerar lamentable que aquél que había apuntado a lo más alto del terror cósmico con sus primeros cuentos se rebajase después a escribir folletines para las masas. En una carta a Clark Ashton Smith se refirió a Chambers como un «titán caído».

Robert W. Chambers murió el 16 de diciembre de 1933, a los sesenta y ocho años, tras ser operado de una dolencia intestinal. Había entregado a la imprenta más de ochenta libros entre novelas y recopilaciones de cuentos, aunque no es fácil determinar exactamente cuántos: acostumbraba a reciclar el material para volver a venderlo y no siempre quedaba claro si se trataba de una obra completamente nueva o una mera reedición o revisión.

Los cuentos y la mitología del Rey de Amarillo

Lo que sigue es un somero examen de algunos de los cuentos más logrados de El Rey de Amarillo (1895), más un extra procedente de The Maker of Moons (1896).

El Signo Amarillo El preferido por Lovecraft y el más conocido por los aficionados al género al haberse incluido en numerosas antologías. Mr. Scott, un pintor de mediana edad, se siente acechado por el repulsivo vigilante de un cementerio cercano, cuyo fofo y abultado cuerpo le recuerda «a un gusano de ataúd». Se le aparece en sueños preguntándole repetidamente por el «Signo Amarillo». Su joven modelo Tessie ha tenido también sueños ominosos. Entre Scott y Tessie está naciendo un amor imposible que se verá trágicamente truncado por el hallazgo de un broche de ónice con un extraño símbolo incrustado y la lectura accidental de un libro espeluznante, El Rey de Amarillo: «¡Oh el pecado de escribir tales palabras,...» Comprenden que el broche es sin duda el mismísimo Signo Amarillo. Mientras esperan que el siniestro vigilante venga a buscarlo, hablan en susurros del Rey y la Máscara Pálida, de Hastur y Cassilda y las costas de Hali. Han comprendido el misterio de las Híades y ante ellos se alza el Fantasma de la Verdad. Más tarde, tras oírse un grito desgarrador, los descubren agonizando. Junto a ellos está el cadáver descompuesto del vigilante, que parece llevar meses muerto.

Nada aclara Chambers sobre el contenido de El Rey de Amarillo. Pero el curioso efecto de la ambigüedad y la reticencia, de las vagas alusiones, es que seducidos por el misterio podemos llegar a entender más de lo que se nos dice. En su resumen de El horror sobrenatural Lovecraft nos explica que Scott y Tessie aprenden «entre otras cosas horribles que ningún mortal cuerdo debería saber, que este talismán es de hecho el innombrable Signo Amarillo procedente del maldito culto de Hastur, desde la primordial Carcosa, de donde trata el volumen.» En realidad la única mención a Hastur se encuentra en esta frase puesta en boca de Scott: «Hablamos de Hastur y Cassilda,...» Nada más. Claro que Lovecraft había leído acerca de Hastur como pacífico dios de los pastores en un cuento de Bierce. Que su culto merezca la calificación de maldito es sin duda una aportación del genio de Providence... En cuanto a Carcosa, otro nombre inventado por Bierce, ni siquiera es mencionada en «El Signo Amarillo», aunque sí aparece en otro cuento que reseñamos a continuación: «El reparador de reputaciones».

El reparador de reputaciones Para algunos el mejor de los cuentos de miedo de Chambers y uno de los mejores jamás escritos. La narración se sitúa en la década de 1920, en un futuro perturbadoramente real. Después de salir triunfantes de una guerra con Alemania, unos Estados Unidos fuertemente militarizados se han convertido en una superpotencia. En el interior, la paz y la prosperidad se han conseguido por medio de la centralización del poder, la legalización y promoción de la eutanasia y la limpieza étnica. Los judíos nacidos en el extranjero fueron expulsados, los negros han sido reagrupados en un único estado al que se ha concedido la independencia, y se han endurecido las leyes de inmigración y naturalización. Mientras tanto las naciones europeas -Alemania, Italia, España...- se hunden en la anarquía, y Rusia, «vigilante desde el Cáucaso, se inclinaba para atraparlas una por una.» No estamos, sin embargo, ante una historia de anticipación. De hecho tras las primeras páginas el marco geopolítico apenas vuelve a mencionarse. Su función era crear el clima adecuado para el desarrollo de una historia más bien demencial.

«El reparador de reputaciones» es una obra maestra de la ambigüedad. Que sus protagonistas nos parezcan unos simples locos o depositarios de oscuros secretos depende mayormente del estado de ánimo con que nos acerquemos al texto. Es a la vez uno de los cuentos más cómicos y más inquietantes de Chambers. El motto, en francés en el original, ya nos advierte de lo que nos espera: «Ne raillons pas les fous; leur folie dure plus longtemps que la nôtre...Voilà toute la différence.» O sea: «No nos burlemos de los locos; su locura dura más tiempo que la nuestra... He aquí toda la diferencia.» El narrador, Hildred Castaigne, es un caballero ocioso que estuvo sometido a tratamiento psiquiátrico en el manicomio del Dr. Archer tras caer de su caballo y golpearse en la cabeza. A su entender recluirlo fue un error, un grave error de los médicos y las autoridades. Admite que la caída le causó dolores en la cabeza y en la nuca, y que cambió su carácter, pero para bien: lo hizo más activo y enérgico, y sobre todo más ambicioso. Su amigo Mr. Wilde es un enano deforme y mutilado que disfruta atormentando a su gata y luce en el rostro las cicatrices de sus arañazos. Tanto Hildred como Wilde son personas solitarias, almas gemelas que celebran haberse encontrado.

Durante su convalecencia Hildred compró y leyó El Rey de Amarillo. Es aquí donde vamos a encontrar mayor cantidad de información sobre el enigmático libro. Parece ser una obra de teatro, un drama en dos actos. Desde luego no averiguamos mucho más acerca de su contenido: «Lo leí y lo releí, y lloré y reí y temblé presa de un horror que aún me asalta a veces. Esto es lo que me perturba, porque no puedo olvidarme de Carcosa, donde negras estrellas cuelgan de los cielos, donde las sombras de los pensamientos de los hombres se alargan en la tarde, cuando los soles gemelos se hunden en el Lago de Hali, y mi mente llevará para siempre el recuerdo de la Máscara Pálida.» Pero lo más interesante son las circunstancias de su publicación. El gobierno francés incautó la primera traducción que se publicaba en París, lo cuál generó aún más expectación en Londres, y sucesivamente en otras capitales europeas. El libro se difundió por todo el mundo como una enfermedad contagiosa, «prohibido aquí, confiscado allá, denunciado por la prensa y el púlpito, censurado incluso por los más avanzados entre los anarquistas literarios.» No violaba ninguna ley, ningún principio definido, pero cualquiera podía sentir que la naturaleza humana era incapaz de soportar el veneno que destilaba esta «hermosa, estupenda creación, terrible en su simplicidad, irresistible en su verdad.» En cuanto a su autor, se dice que se pegó un tiro después de traer al mundo tal monstruosidad, pero no murió: «...las balas no podrían matar a semejante demonio», comenta Hildred en cierta ocasión.

Dos puntos de vista se alternan constantemente e incluso se cruzan en las páginas de «El reparador de reputaciones». Hildred tiene un primo, Louis, capitán de caballería, enamorado de Constance, hija del armero Hawberk. Estos tres son los cuerdos de la historia. Cuando Louis descubre la corona de oro y diamantes que Hildred guarda en secreto en una sofisticada caja fuerte, con mecanismo de apertura retardada incluido, él sólo ve un aro de latón metido en una caja de galletas. A Mr. Wilde, vecino de Hawberk, lo consideran un tipo excéntrico, bastante raro pero inofensivo. La placa que ha colocado en la calle anunciándose como «Reparador de reputaciones» apenas les llama la atención, aunque por un momento Hawberk se pregunta qué debe significar eso. Wilde, por su parte, le muestra a Hildred la contabilidad de su lucrativo negocio: «P. Greene Dusenberry, ministro de los Evangelios, Fairbeach, New Jersey. Reputación dañada en el Bowery. A reparar tan pronto como sea posible. Anticipo, $100 ... Sra. C. Hamilton Chester, de Chester Park, New York City, llamó el 7 de abril. Reputación dañada en Dieppe, Francia. A reparar el 1 de octubre. Anticipo, $500.» Sólo una vez Hawberk parece sospechar que Wilde esconde algo tras su fachada de lunático: cuando le proporciona información sobre el paradero de cierto juego de armadura extraordinariamente valioso. Los lectores contamos con algún otro indicio. En cierta ocasión Hildred revela que Wilde se refiere sistemáticamente a Hawberk como Marqués de Avonshire y entonces Constance se asusta visiblemente.

La ascendencia de Constance no es un tema baladí. Veamos por qué. Mr. Wilde atesora otro enigmático libro, titulado La Dinastía Imperial de América., que empieza así: «Cuando desde Carcosa, las Híades, Hastur y Aldebarán», y termina con «Castaigne, Louis de Calvados, nacido el 19 de diciembre de 1887.» Pero Hildred prefiere detenerse siempre en otro punto: «Hildred de Calvados, único hijo de Hildred Castaigne y Edythe Landes Castaigne, primero en sucesión.» De hecho él planea arrebatarle el puesto a su primo. El problema de Louis es doble. En primer lugar, no está a la altura de las circustancias. En segundo lugar, su intención de casarse con la hija de un aristócrata inglés exiliado podría internacionalizar el conflicto e interferir en los planes de dominación de Hildred y Wilde. Ellos están en contacto permanente con diez mil hombres, todos los cuales han recibido ya el Signo Amarillo. En veinticuatro horas pueden contar con cien mil y levantar a América en masa. Sólo California y el Noroeste, desafectos por alguna extraña razón, quedarían fuera del alzamiento. Pero esos estados lo pagarán caro: «Más les valdría no haber sido nunca habitados.» Leemos que la ambición de César y Napoleón palidece ante la del Rey de Amarillo. La trama conspiratoria adquiere dimensiones históricas. «Es un rey al que han servido emperadores», sentencia Wilde.

Al final, sin embargo, justo cuando van a poner en marcha su plan, las cosas se tuercen y acaban de un modo bastante calamitoso para nuestra loca pareja de freaks.

En la Corte del Dragón Más breve que los anteriores, su interés principal reside en su atmósfera religiosa. Después de leer El Rey de Amarillo durante tres angustiosas noches, el narrador acude a su iglesia preferida en busca de paz espiritual. Esta vez, sin embargo, la música del órgano le resulta inexplicablemente perturbadora. Huye, perseguido por el organista, y cuando éste está a punto de darle alcance se despierta en la iglesia: se había quedado dormido durante el servicio. Pero entonces vuelve a presentarse el organista y en medio de un relámpago y una luz cegadora se lo lleva hasta las orillas de Hali y las cercanías de Carcosa. El Rey de Amarillo en persona le susurra al oído: «¡Es terrible caer en las garras del Dios vivo!» (cita literal de Hebreos 10:31) y es el fin.

El hacedor de lunas The Maker of Moons es, como ya hemos dicho, el segundo libro de Chambers. Parece que apenas un año después la mitología del Rey de Amarillo le aburría y prefirió inventar otra nueva. Aunque en conjunto puede que resulte una obra menos brillante, contiene también ideas y momentos memorables. En el cuento que da título al volumen el narrador siente asco y odio al ver cierto bichito repugnante en casa de un amigo. Nos lo describe como «... el eslabón perdido entre el erizo de mar, la araña y el diablo.» Lo han encontrado en los mismos bosques en los que se oculta cierta banda de chinos capaces de fabricar oro sintético. Más adelante se verá envuelto en una operación del Servicio Secreto del Gobierno contra los defraudadores. «Sabéis el peligro que esto constituye para todas las naciones civilizadas», remarca el general Drummond. En el curso de la historia tendremos noticia de Yian, una ciudad escondida en «esa sombra gigantesca llamada China», de la diabólica secta Kuen-Yin de hechiceros asesinos y de su jefe Yue-Laou, «el hacedor de lunas», del que se dice que vivió en la Luna y ha transformado los benévolos espíritus Xin en un ser monstruoso del cual son apéndices aquellas odiosas arañas. Hay acción y misterio, e incluso romance, en una atmósfera de amenaza oriental al estilo de Sax Rohmer y su Dr. Fu Manchú, y menos ambigüedad que en los cuentos anteriores... hasta que llegamos al último párrafo.

En 1920 Chambers publicó una novela titulada The Slayer of Souls que es una secuela de «El hacedor de lunas».

¿Lovecraft antes de Lovecraft?

Podríamos terminar diciendo que Chambers prefigura a Lovecraft en casi todo, hasta en el ramalazo racista y fascista, si se quiere con idénticas salvedades en ambos casos: eran otros tiempos, esas ideas no resultaban tan raras entonces en ciertos estratos sociales, y quizá no siempre es justo atribuírselas a ellos por el mero hecho de usarlas en sus cuentos. Pero no nos quedemos en lo anecdótico. De hecho mi opinión personal es que las coincidencias no son tan importantes y tienen su origen en los autores que influyeron en ambos. La invención de una mitología elíptica, las referencias a otros mundos, la centralidad de la angustia y la locura, se remontan, por separado y a veces combinadas, a Poe y a Bierce, por ejemplo. Y en cualquier caso, todo ello es apenas accesorio respecto a la principal aportación y la originalidad de Lovecraft, lo que Jacques Bergier llamó terror materialista por oposición al terror sobrenatural tradicional basado en demonios, espíritus condenados y otros seres imaginarios. Es un hecho que hasta bien entrada la saga de Cthulhu lo sobrenatural no deja de ser fundamentalmente sobrenatural: irracional y no susceptible de explicación científica alguna, por esotérica, no euclidiana y relativista que sea. El arcano enlace entre Carcosa y Nueva York tiene muy poco o nada que ver con el realismo de las trayectos espaciales de los hongos de Yuggoth o los viajes psíquicos en el tiempo de la Gran Raza.

Por otra parte, Chambers no se agota en aquellas coincidencias. Cualquiera que haya leído los cuentos de El Rey de Amarillo es consciente de la peculiaridad de su estilo en el contexto de la literatura fantástica anglosajona. Un estilo personal, insinuante y turbador. El secreto de Chambers estriba en sumar a las influencias reseñadas otra más exótica y menos familiar para sus compatriotas, Lovecraft incluido: la del simbolismo y el decadentismo franceses en boga durante sus años parisienses. La locura, lo bello-corrupto, la posibilidad de una obra de arte de mortal intensidad y perfección, la morbosa fascinación por la liturgia católica... son temas presentes en Baudelaire, Huysmans y compañía. En su momento algún crítico moralista llegó a acusar a Chambers de escribir bajo el influjo de la absenta, el legendario licor opalescente de efectos alucinógenos asociado en el imaginario popular a los más abyectos poetas de Francia. También para declarar ruin el color amarillo pudo inspirarse Chambers en esas tendencias. The Yellow Book, el libro amarillo, se titulaba precisamente la exquisita y escandalosa revista de los decadentes ingleses: Aubrey Beardsley, Arthur Symons, Oscar Wilde... Wilde: como el excéntrico y degenerado reparador de reputaciones.

El destino literario de Chambers no deja de resultar paradójico. Fabricó alegremente best-sellers y figuró en las listas de éxitos durante varias décadas. Habiendo sido desdeñado por la crítica, tras su muerte se olvidó de él casi todo el mundo, hasta el punto de que ni siquiera merece una línea en la Enciclopedia Británica (¡!). Sólo los halagos de Lovecraft, él mismo rescatado póstumamente, le ganaron la admiración de un reducido círculo de iniciados, y gracias a ello por lo menos su nombre suena familiar a los aficionados al género. En cualquier caso, creo que merece mayor difusión y un reconocimiento más amplio. Chambers fue un autor más bien disperso e irregular, pero en sus mejores momentos resulta fascinante y absolutamente sublime.

Glosario

Aldebarán y las Híades Aldebarán es una estrella del tipo gigante roja, situada a unos 50 años luz de la Tierra, en la constelación de Tauro. Es una de las luces más brillantes del firmamento. En tiempos de Chambers se creía que formaba parte de las Híades, un grupo de estrellas en realidad mucho más lejanas. Se supone que Carcosa (véase más abajo) debe estar por allí.

Camilla y Cassilda Protagonistas de los escasos y muy fragmentarios fragmentos de El Rey de Amarillo que nos es concedido leer. El más sugestivo y revelador encabeza «La Máscara», uno de los cuentos de Chambers no reseñados en el artículo: «Camilla: Vos, señor, deberíais quitaros la máscara. Forastero: ¿En verdad? Cassilda: En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces excepto vos. Forastero: No llevo máscara. Camilla: (Aterrada, a Cassilda.) ¿No lleva máscara? ¡No lleva máscara!» Más o menos como en «La máscara de la Muerte Roja» de Edgar Allan Poe.

Carcosa Ciudad inventada por Ambrose Bierce como escenario para su cuento «Un habitante de Carcosa». Chambers la sitúa en el espacio exterior, en la constelación de Tauro (véase «Aldebarán y las Híades»). Curiosamente la Dinastía Imperial de América tiene su origen allí (véase el resumen de «El reparador de reputaciones»).

Hali Bierce cita al místico Hali en varios cuentos. En la mitología de Chambers es el nombre de un lago de aguas oscuras y profundas cercano a Carcosa.

Hastur En el cuento de Bierce «Haita the Shepherd» Hastur es un benévolo dios adorado por los pastores. En los cuentos de Chambers parece más bien un lugar, conectado de algún modo con Carcosa.

El Rey de amarillo Un tipo muy poco amistoso. Encontrarse con él equivale a muerte, locura o destrucción. Parece actuar desde Carcosa, en la no suficientemente lejana constelación de las Híades, y ha inspirado el terrible libro que lleva su nombre, casi tan peligroso como él mismo (véase el resumen de «El reparador de reputaciones»). ¿Por qué lo vistió Chambers precisamente de amarillo? Se ha especulado con decenas de posible motivos y significados ocultos. En el artículo mencionamos uno de las conexiones menos improbables: el Yellow Book de Aubrey Beardsley y Oscar Wilde. He aquí otra: durante la dinastía Ch'ing una túnica amarilla identificaba al emperador de China.

El Signo Amarillo El emblema del Rey de amarillo y símbolo de su poder. En «El Reparador de reputaciones» se supone que los conjurados lo reciben, y Hildred Castaigne lo lleva bordado en una túnica de seda. En «El Signo Amarillo» aparece grabado en un amuleto de ónice.

Bibliografía básica

La única traducción española de los cuentos de Chambers está más que agotada. La publicó Teorema en 1984 en una colección, «Arcadia», que albergaba además joyas tales como La hija del rey del país de los elfos de Lord Dunsany o El alimento de los dioses de H. G. Wells. Se trataba de una selección de los cuentos fantásticos de The King in Yellow más otros procedentes de The Maker of Moons y The Mystery of Choice.

El Rey de Amarillo. Barcelona, Teorema, col. «Arcadia», 1984. Traducción de Jorge A. Sánchez. ISBN 84-85958-98-5.

Es una lástima que ya no esté disponible. A parte de ese volumen, la única posibilidad de leer a Chambers en castellano parece ser la traducción de Francisco Torres Oliver de «El Signo Amarillo» incluida en la popular antología de Rafael Llopis sobre Los mitos de Cthulhu (Alianza Editorial).

En inglés hay más opciones. Los cuentos del Rey de Amarillo han sido editados y reeditados en numerosas ocasiones desde su primera publicación. Recientemente el erudito lovecraftiano S. T. Joshi ha recopilado para Chaosium todos los cuentos fantásticos de Chambers en un volumen de más de 600 páginas.

The Yellow Sign and Other Stories: the Complete Weird Fiction of Robert W. Chambers. Chaosium, 1999. ISBN 1-56882-126-3.

Los que se atrevan con el inglés pueden aprovechar que el texto de algunos de los cuentos de The King in Yellow está en Internet en la Biblioteca Virtual de Doyle y Macdonald, junto con otras obras de Poe, Stoker, Saki, Le Fanu, etc.:

Literature of the Fantastic
http://www.sff.net/people/doylemacdonald/lit.htp

También en Internet contamos con dos ensayos imprescindibles sobre Chambers y el Rey de Amarillo:

Thill, Christophe, The King in Yellow: an Introduction
http://myweb.worldnet.net/~c_thill/chambers/presgb.html
(versión original en francés, a partir de la misma dirección)

Johnsson, Henrik, Robert W. Chambers and the King in Yellow
http://www.geocities.com/Area51/Corridor/5582/chambers.html


Adendum: El hombre que fue Jueves

G. K. Chesterton, El hombre que fue Jueves. Valdemar (colección «El Club Diógenes»), 1a ed. marzo de 2000.Traducción, prólogo y notas de José Rafael Hernández Arias. 311 pp. ISBN 84-7702-304-2.

La excusa argumental de El hombre que fue Jueves despierta enseguida el interés del lector: un detective de Scotland Yard consigue infiltrarse en el seno del Consejo Central Anarquista que conspira contra los gobiernos europeos y amenaza el futuro de la civilización misma. Cada uno de los siete miembros del Consejo es conocido en clave con el nombre de un día de la semana. Así como el temible presidente es Domingo y su secretario Sábado, a nuestro osado policía le tocará llamarse Jueves. Pero, a pesar de la intriga, las revelaciones inesperadas, las persecuciones y aventuras, El hombre que fue Jueves difícilmente puede considerarse una mera novela policíaca. Desde luego lo de menos es la trama. Son más destacables la ironía con que G. K. Chesterton (1874-1937) retrata y pone en ridículo a sus personajes y las insinuaciones alegóricas y atisbos de una realidad metafísica oculta que daría sentido a todo.

Los anarquistas con bomba, los inventores del terrorismo, alarmaron a la Inglaterra victoriana y postvictoriana. Este era el tema también de El dinamitero de R. L. Stevenson y El agente secreto de Joseph Conrad. Después las conspiraciones se harán más extrañas y el miedo más íntimo y profundo. Chesterton queda en la mitad, enlazando unos miedos y otros. Tan obvio como que él se inspiró en Stevenson lo es que R. W. Chambers y Arthur Machen leyeron El hombre que fue Jueves. «...Usted no podría estar cinco minutos con él [con Domingo] en una habitación sin sentir que César y Napoleón habrían sido niños en sus manos», se nos advierte en el capítulo segundo. En «El reparador de reputaciones» de Chambers «la ambición de César y Napoleón palidece» ante la del Rey de Amarillo. Otro pasaje de la novela y el relato breve titulado «El demonólatra», incluido muy acertadamente como apéndice en la edición de Valdemar, remiten directamente a la discusión sobre la maldad absoluta en el preámbulo de «El pueblo blanco» de Machen.

25 d'octubre de 2003