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El rebaño

Versió catalana inclosa en La vida canina.

señal

Esta mañana un tipo ha tropezado con los cuernos al entrar en el bar de Sam. El golpe casi lo tumba de espaldas. Algunos se han reído a carcajadas, otros de tapadillo. Yo no: más de una vez me he acordado de agacharme en el último momento. Nunca acaba uno de acostumbrarse a esto, parece que simplemente te niegues a incluirlos en la imagen que tienes de ti mismo. De hecho, la mayor parte de los que se reían lucen aparatosas cornamentas de venado, carnero o buey, sólo que prefieren ignorarlo pomposamente, como si ello cambiase su realidad y condición anatómica de hombres engañados. ¡Ha!

Almuerzo siempre allí por tres razones: una, el tamaño de los bocadillos; dos, el precio de la cerveza y tres, la música. Sam tiene todos los discos de Kenny Rogers y nunca se le ocurriría poner patochadas como los 40 o la MTV. Hoy había un aliciente extra: Sam ha convencido a su nueva novia para que deje el trabajo que tenía en una agencia de publicidad o algo así y le ayude en el bar. Era su primer día y ha causado sensación. Sus jóvenes piernas, su bien delineado trasero, sus pechos, todo ello generosamente realzado por un exiguo vestido. Es primavera: ellas se quitan ropa y a nosotros se nos hinchan las gónadas. El más decidido, según su costumbre, ha sido Bob, aunque la erección le estorbase al andar. Aprovechando que Sam regateaba con Rick el de las gaseosas, se ha instalado en la barra y le ha soltado su rollo habitual. Aún oigo la cháchara y las risitas. En un minuto, no sé cómo diantre lo hace, la tenía en el bote. Dios mío, casi se le caen las bragas al suelo delante de todos. ¡Se podían oler sus efluvios! Se han metido en la trastienda mientras Sam seguía en la inopia intentando arrancarle algo a Rick. En cuanto se me ha relajado el paquete he dejado una moneda de 5 pavos en la mesa, me he calado el sombrero y me he largado. La violencia me pone enfermo. Sam es un chico tranquilo, pero le he visto sacar carácter otras veces cuando alguien amenazaba su propiedad.

Me he unido al rebaño rumbo a la calle 57. Antes de llegar al trabajo me he detenido en una farmacia para comprar linimento Sloan. Es lo único que ayuda a aliviar el dolor cuando se te entumecen. Si tuviese dinero me los cortaría, supongo, pero vale una pasta y dicen que el postoperatorio es un martirio. El jefe aún lleva todas esas gasas y la tintura de yodo y no para de quejarse. Que se joda. Además, ¿qué se cree?, ya estamos todos enterados. Bien que se conocen los ruidosos orgasmos de su mujer con el repartidor del súper, el cobrador del gas y otros afortunados mancebos, me cuenta Jack que es vecino suyo.

11 de gener de 2002